Mas allá de la leyenda, mito o fantasía que ya nadie debería creerse sobre el Mar Rojo, hay otras cosas que lo dejan de es color y que si creo que existan. Es más. Existen lamentablemente, impunemente y salvajemente.

Dinamarca. Quien lo diría?

Vean como pendejos hijos de puta se hace hombres. Este es el sangriento ritual de los dinamrqueses (desde hoy me dan asco) y los delfines Calderon.

La verdad, un asco el ser humano como especie.

Juzguen por Uds mismos. Islas Feroe. Dinamarca. Este es un ritual a través del que los jovenes se transforman en adultos?

Gracias Vic por el email.

El paisaje sin igual… Raro el color del agua.

 

Delfines Calderon

Delfines Calderon

Las personas de Islas Feroe divirtiédose en una tarde familiar..

 

Delfines Calderon

Noten! Hay cochecitos de bebés… Seguramente cuando sean grandes, serán así de vallientes.

Delfines

Delfines Calderones

Los bravos muchachos dinamaqueses después de la matanza ya son hombrecitos!

Delfines

Festejen dinamarqueses, festejen!

En Manga nos hacíamos machitos de otra manera. Un asco verdad? O soy yo?

Tal vez estoy sensible.

Fotos: lail-alsahara.com

Los que alguna vez perdimos a uno de los angelitos que nos ponen al lado, seguro sabemos que se siente.

Esta es Burbuja y está perdida. Teme a los ruidos, está recién operada y la esperan sus cachorros además de su familia.

Burbuja

Si la ves, podés ayudar mucho!

Se perdió en Amézaga esquina Martin. C. Martinez
su teléfono de contacto es 208 47 69
095 25 16
099 47 03 96.

Hola.

Recibo, copio y publico. Vale la pena leerlo e interpretar lo que transmite.

BÚSQUEDA • Jueves 8 de mayo de 2008 • Pag. 50  - por Jorge Cuque Sclavo

—¿ Ves esa que está allí? Es tu hermana. De veras, es esa. ¿No me crees? Es tu hermana. Es más grande que vos y tiene otro color de pelo. Pero es tu hermana. No. No me mires así. Créeme, es tu hermana…

La mañanita de otoño es fresca pero soleada en el balneario casi desierto y ya fuera de temporada. El hombre arrastra un carrito de feria con mantas y ropas, del que cuelgan dos bolsas clasificadas de alimentos perecederos y otros que no. El perrito, un cuzco negro, lanudo y flaco, de patonas cachorras, lo mira sin entender lo que el hombre le dice. Pero caminan felices, como todos los hombres con perro y los perros con hombre. Ese hombre conoce a todos los perros del balneario. Y todos los perros lo conocen. Los que fueron suyos y los que no. Que algunas veces son varios. Sobre todo después de las vacaciones, cuando la gente cansada del juguete o de la licencia, los deja abandonados para que este hombre los adopte y le acompañen en esa larga licencia que vive vaya a saber desde hace cuánto tiempo. Algunos de ellos son perros libertarios que rompieron esas cadenas o piolas que les cuelgan del cogote ahora, a modo de babero. Seguramente buscaban un futuro mejor. Y qué mejor que el que les da este hombre, sin gurises que los judeen ni casa para vigilar y que conoce todos los lugares donde ir a buscar comida cuando la temporada se pone jodida. Es el momento en que los perros cansados de los hombres se ponen a buscar a los hombres cansados de los hombres.

Por otra parte, saben que este hombre no los atará a la bicicleta esa que le prescribió el médico para que adelgazara esos quilos que tiene de más. Porque ¿qué culpa tiene el perro de que este hombre coma como una bestia y lo obligue después a trotar?

¿Qué culpa tiene el perro de que a aquel hombre le guste la caza y lo lleve a perseguir como loco a infelices perdices cuando su propio código genético está preparado sólo para cazar ratones?

¿Qué culpa tiene él de que a este hombre le guste la pesca y lo lleve a aburrirse en el muelle, obligándolo a oler esa peste de animales y hasta a consumirlos, luego que nadie de la familia quiere probar tamaña porquería? ¿Por qué no se consigue un gato y me deja tranquilo?

Este perro suplente de balneario se queja porque ignora que la condición de perro titular en la ciudad tampoco es más halagüeña.

También los hacen trotar quilómetros por la rambla. “Si quieren cuidarse el físico y ponerse doraditos y flacos, que corran solos. Pero que no me metan a mí que ya bastante tengo con cuidar mis pulgas que son mi único pasatiempo”

Otros los usan para cargarse a la rubia que está buenísima, esa de la perrita beagle, “pero es muy joven para mí, tanto como la rubia para él, pero sobre todo cómo va a hacer la pobre bicha para bancarse mi lomo de ovejero encima. Y además en la rambla no hay un puto árbol. Me gustaría verlos a ellos…”

De esos perros de balneario hay unos pocos que sobreviven a ese berretín de las vacaciones o la licencia y los traen para la ciudad. Los pobres vienen de la vida libertaría y pasan a vivir en la cárcel de un departamento. Son perros que viven su exilio entre vacunas, patentes,

estéreos, computadoras y mantitas mariconas. Tal como esos nenes que en verano los hacían trotar felices en la arena, ahora conocen las obligaciones de la escuela, donde les enseñan a sentarse, a cruzar en las esquinas y hacer todas sus necesidades a horario.

Y lo que es peor, muchas veces los ponen a desarrollar una vida social  paseados por profesionales, compartiendo sus caminatas con perros cero falta, obligándolos a no desviarse del pelotón y hacer buena letra, como si fuesen de visita a un museo con la maestra de la escuela. Por eso sufren tanto cuando ven a un perro rantifuso que les recuerda su antigua libertad y que, en pleno rostro los provoca como sobrándolos:

—¡Maricones! ¡Carneros! ¿No les da vergüenza?

Los más felices de estos perros exiliados son los que salen de noche. Les hace acordar a aquellas noches de su vida de tauras, cuando salían a buscar en largos peregrinajes matreriles los restos de los asados veraniegos y roían luego los huesos a la luz de las brasas, afilando sus dientes para futuros duelos criollos.

A estos nocturnales, generalmente los sacan a pasear esos veteranos que a la vuelta del trabajo se encontraron con la familia enchufada a teles, compus, Ipod, celulares y otras yerbas. Y que la única cola que se movió para festejar su regreso fue la de su perro.

A uno de estos hombres-perro fue al que vi, hará un par de tardecitas, arrimándole un tarrito de análisis para orina a un boxer dócil y buenazo que tenía esa mirada mística y como perdida que tienen los perros al momento de hacer sus necesidades. Hombre y perro estaban en eso cuando pasó una camioneta y el que la manejaba le gritó con ese ánimo patotero que tienen los tipos de las camionetas que se quieren hacer los camioneros:

—¡Veterano! ¡Si vendrá mal lo del ierrepeefe que tenés que ordeñar al perro!

Sin palabras.

Hasta la vista BBS!

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