Los blogueros están asediados por leyes y gobiernos autoritarios
THE ECONOMIST
¿Qué tienen en común Barbra Streisand y el presidente de Túnez, Zine el-Abidine Ben Ali? Los dos han intentado bloquear materiales que les desagradan en Internet. Y los dos tuvieron un fracaso espectacular. Cuanto más empeño se pone en censurar sitios o contenidos, más publicidad de éstos se logra, aún cuando existen cada vez más normas que pueden enviar a los blogueros que los cuelgan a la cárcel.
En 2003, Streisand objetó fotos aéreas de su residencia en Malibu, que aparecieron en una colección públicamente disponible de imágenes de la costa estadounidense. Hizo una demanda judicial -sin suerte- por US$ 50 millones y, al hacerlo, lo único que logró fue asegurar que las fotos tuvieran mayor publicidad.
De ese comportamiento de auto derrota, surgió la frase “el efecto Streisand”, ilustrada por un axioma de John Gilmore, uno de los pioneros de Internet: “La red interpreta la censura como un daño y lo elude”. Pero, la gran prueba de esa máxima no es si frustra a celebridades que no quieren publicidad, sino si puede superar el deseo de los gobiernos por el secreto.
En noviembre de 2007, Túnez bloqueó el acceso a los sitios populares para compartir videos YouTube y DailyMotion, debido a que los dos incluían materiales sobre presos políticos tunecinos. No era la primera vez que ocurría, debido a que muchos otros países han bloqueado el acceso a esos sitios, ya sea para proteger la moral pública o para evitar que los políticos se sonrojaran. Lo que resultó inusual esta vez fue la respuesta. Militantes tunecinos y sus aliados organizaron una “sentada digital”, enlazando decenas de videos sobre las libertades públicas a la imagen del palacio presidencial que aparecía en Google Earth. Eso convirtió a una historia de derechos humanos, de bajo perfil, en una campaña global que se puso muy de moda.
El suceso se reiteró en Armenia, en marzo, donde el presidente Robert Kocharian finalizó su mandato con un “apagón” de los medios, supuestamente extendido a los blogs, sitios en Internet publicados por individuos, que contienen opiniones personales. Las autoridades indicaron que, al igual que otros sitios, los blogs solo pueden publicar informaciones del gobierno. El resultado fue un enorme número de blogs albergados por servidores fuera de Armenia, en todos los casos, agudamente críticos de las autoridades.
COMBATE. Algunos países consideran que los beneficios de la censura bien valen el oprobio. China, con descaro, bloquea sitios noticiosos extranjeros, mediante un equipo de censores digitales financiados por el Estado, que desarrollan un complejo juego del gato y el ratón con quienes intentan eludirlos.
Arabia Saudita, en cambio, convierte esa práctica en una virtud, advirtiendo a quienes intentan acceder a sitios prohibidos del peligro que representa la pornografía. Como fuentes, cita al Corán y a Cass Sunstein, un académico estadounidense que argumenta que la pornografía no merece automáticamente la protección a la libertad de expresión que otorga la Primera Enmienda de la Constitución de Estados Unidos.
Países con esas características autoritarias mantienen creciente cooperación. El software desarrollado por China para descubrir palabras clave y detectar sitios peligrosos está entre los mejores del mundo. Pero la cooperación internacional corta para los dos lados. Por ejemplo, si Egipto compra tecnología china de censura de Internet, los blogueros egipcios pueden aprender de sus colegas chinos los caminos para eludirla, antes de que llegue la tecnología. Eso puede significar que la información continúe fluyendo libremente.
Sin embargo, no impide que los blogueros vayan a la cárcel. Las autoridades encargadas de la seguridad, que en otros tiempos se mofaban de los blogs, o simplemente los ignoraban, ahora están recurriendo a sus arsenales legales.
Por ejemplo, en 2007 Uzbekistán cambió su ley de medios de comunicación para incluir a todos los sitios web como “medios de comunicación masiva”, categoría sujeta a restricciones draconianas. Belarús requiere que los propietarios de cibercafés mantengan un registro de todos los sitios de Internet que son visitados por sus clientes. En un país donde el acceso a Internet en el hogar todavía es costoso, esa medida constituye un gran obstáculo para los ciudadanos que son activos en la red mundial.
Al inicio de este año, Indonesia aprobó una ley que hace más riesgoso publicar opiniones online. Una Corte de Brasil falló que los blogueros, al igual que otros medios de comunicación, deben ajustarse a las restricciones legales durante las elecciones.
CONTRAGOLPE. El efecto escalofriante que tiene este tipo de medidas se intensifica cuando los gobiernos las respaldan con la prisión. Desde Egipto hasta Malasia y de Arabia Saudita a Singapur, los blogueros, en los últimos meses, terminaron detrás de las rejas por haber difundido materiales que desagradaron a quienes están en el poder. El último Índice Mundial de Libertad de Prensa, publicado por Reporteros Sin Fronteras, estima que los encarcelados fueron al menos 64.
Organizaciones de defensa de los derechos humanos han asumido la defensa de su causa. Pero, la mejor y más rápida manera de defender a quienes están en prisión puede ser mediante la ayuda de otros militantes de Internet, quienes informan al mundo de la detención de sus colegas.
Sami ben Gharbia, un activista digital tunecino, coordina los esfuerzos de campaña con Global Voices Online, un equipo que opera desde un sitio web, que comenzó como un colador de contenido blog de fuera de los cauces habituales, y que se ha ramificado para asumir la defensa de la libertad de expresión.
Temas de esas características fueron objeto de agudo estudio en la cumbre anual Voces Globales, que se realizó en Budapest a mediados de junio, donde cientos de blogueros, académicos y periodistas de China, Belarús, Venezuela y Kenia intercambiaron datos sobre cómo burlar a las autoridades. Ethan Zuckerman, académico de la Universidad de Harvard y co-fundador de Global Voices, indicó que el objetivo es construir redes de confianza y cooperación entre los internautas y encontrar soluciones a sus problemas. Es un objetivo loable y ambicioso. Sin duda, los gobiernos autoritarios también están en estrecho contacto y comparten las maneras más eficaces de abordar a los “perturbadores” de Internet. Pero no pondrán sus conclusiones online para que todos las vean.

