Acabo de leer un comentario en el post Alquimistas .
Hace tiempo que me pregunto si no estamos confundidos “casualmente” de que es lo que buscamos.
Es el poder? El dinero? La felicidad? … Que buscamos?
Tal vez estemos erróneamente buscando lo que nos dijeron que era bueno.
Pero nadie mejor que Eduardo Galeano para explicarlo con detalle.
Les recomiendo leer lo que sigue. No tiene desperdicio.
(1991)
Eduardo Galeano, Ser como ellos y otros artículos, Siglo Veintiuno de España Editores, España, 1992
¿Podemos ser como ellos?
Promesa de los políticos, razón de los tecnócratas, fantasía de los desamparados: el Tercer Mundo se convertirá en Primer Mundo, y será rico y culto y feliz, si se porta bien y si hace lo que le mandan sin chistar ni poner peros. Un destino de prosperidad recompensará la buena conducta de los muertos de hambre, en el capítulo final de la telenovela de la Historia. Podemos ser como ellos, anuncia el gigantesco letrero luminoso encendido en el camino del desarrollo de los subdesarrollados y la modernización de los atrasados.
Pero lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible, como bien decía Pedro el Gallo, torero: si los países pobres ascendieran al nivel de producción y derroche de los países ricos, el planeta moriría. Ya está nuestro desdichado planeta en estado de coma, gravemente intoxicado por la civilización industrial y exprimido hasta la penúltima gota por la sociedad de consumo.
En los últimos veinte años, mientras se triplicaba la humanidad, la erosión asesinó al equivalente de toda la superficie cultivable de los Estados Unidos. El mundo, convertido en mercado y mercancía, está perdiendo quince millones de hectáreas de bosque cada año. De ellas, seis millones se convierten en desiertos. La naturaleza, humillada, ha sido puesta al servicio de la acumulación de capital. Se envenena la tierra, el agua y el aire para que el dinero genere más dinero sin que caiga la tasa de ganancia. Eficiente es quien más gana en menos tiempo.
La lluvia ácida de los gases industriales asesina los bosques y los lagos del Norte del mundo, mientras los desechos tóxicos envenenan los rios y los mares, y al Sur la agroindustria de exportación avanza arrasando árboles y gente. Al Norte y al Sur, al Este y al Oeste, el hombre serrucha, con delirante entusiasmo, la rama donde está sentado.
Del bosque al desierto: modernización, devastación. En la hoguera incesante de la Amazonia arde media Bélgica por año, quemada por la civilización de la codicia, y en toda América Latina la tierrase está pelando y secando. En América Latina mueren veintidós hectáreas de bosque por minuto, en su mayoríasacrificadaspor las empresas que producen carne o madera, en gran escala, para el consumo ajeno. Las vacas de Costa Rica se convierten, en los Estados Unidos, en hamburguesas McDonald’s. Hace medio siglo, los árboles cubrían las tres cuartas partes del territorio de Costa Rica: ya son muy pocos los árboles que quedan, y al ritmo actual de deforestación, este pequeño país será tierra calva al fin del siglo. Costa Rica exporta carne a los Estados Unidos, y de los Estados Unidos importa plaguicidas que los Estados Unidos prohíben aplicar sobre su propio suelo.
Unos pocos países dilapidan los recursos de todos. Crimen y delirio de la sociedad del despilfarro: el seis por ciento más rico de la humanidad devora un tercio de toda la energía y un tercio de todos los recursos naturales que se consumen en el mundo. Según revelan los promedios estadísticos, un solo norteamericano consume tanto como cincuenta haitianos. Claro que el promedio no define a un vecino del barrio de Harlem, ni a Baby Doc Duvalier, pero de cualquier manera vale preguntarse: ¿Qué pasaría si los cincuenta haitianos consumieran súbitamente tanto como cincuenta norteamericanos? ¿Qué pasaría si toda la inmensa población del Sur pudiera devorar al mundo con la impune voracidad del Norte? ¿Qué pasaría si se multiplicaran en esa loca medida los artículos suntuarios y los automóviles y las neveras y los televisores y las usinas nucleares y las usinas eléctricas? ¿Qué pasaría con el clima, que está ya cerca del colapso por el recalentamiento de la atmósfera? ¿Qué pasaría con la tierra, con la poca tierra que la erosión nos está dejando? ¿Y con el agua, que ya la cuarta parte de la humanidad bebe contaminada por nitratos y pesticidas y residuos industriales de mercurio y plomo? ¿Qué pasaría? No pasaría. Tendríamos que mudarnos de planeta. Éste que tenemos, ya tan gastadito, no podría bancarlo.
El precario equilibrio del mundo, que rueda al borde del abismo, depende de la perpetuación de la injusticia. Es necesaria la miseria de muchos para que sea posible el derroche de pocos. Para que pocos sigan consumiendo de más, muchos deben seguir consumiendo de menos. Y para evitar que nadie se pase de la raya, el sistema multiplica las armas de guerra. Incapaz de combatir contra la pobreza, combate contra los pobres, mientras la cultura dominante, cultura militarizada, bendice la violencia del poder.
El american way of life, fundado en el privilegio del despilfarro, sólo puede ser practicado por las minorias dominantes en los países dominados. Su implantación masiva implicaría el suicidio colectivo de la humanidad.
Posible, no es. Pero, ¿sería deseable?
¿ Queremos ser como ellos?
En un hormiguero bien organizado, las hormigas reinas son pocas y las hormigas obreras, muchísimas. Las reinas nacen con alas y pueden hacer el amor. Las obreras, que no vuelan ni aman, trabajan para las reinas. Las hormigas policías vigilan a las obreras y también vigilan a las reinas.
La vida es algo que ocurre mientras uno está ocupado haciendo otras cosas, decía John Lennon. En nuestra época, signada por la confusión de los medios y los fines, no se trabaja para vivir: se vive para trabajar. Unos trabajan cada vez más porque necesitan más que lo que consumen; y otros trabajan cada vez más para seguir consumiendo más que lo que necesitan.
Parece normal que la jornada de trabajo de ocho horas pertenezca, en América Latina, a los dominios del arte abstracto. El doble empleo, que las estadísticas oficiales rara vez confiesan, es la realidad de muchísima gente que no tiene otra manera de esquivar el hambre. Pero, ¿parece normal que el hombre trabaje como hormiga en las cumbres del desarrollo? ¿La riqueza conduce a la libertad, o multiplica el miedo a la libertad?
Ser es tener, dice el sistema. Y la trampa consiste en que quien más tiene, más quiere, y en resumidas cuentas las personas terminan perteneciendo a las cosas y trabajando a sus órdenes. El modelo de vida de la sociedad de consumo, que hoy día se impone como modelo único en escala universal, convierte al tiempo en un recurso económico, cada vez más escaso y más caro: el tiempo se vende, se alquila, se invierte. Pero, ¿quién es el dueño del tiempo? El automóvil, el televisor, el video, la computadora personal, el teléfono celular y demás contraseñas de la felicidad, máquinas nacidas para ganar tiempo o para pasar el tiempo, se apoderan del tiempo. El automóvil, pongamos por caso, no sólo dispone del espacio urbano: también dispone del tiempo humano. En teoría, el automóvil sirve para economizar tiempo, pero en la práctica lo devora. Buena parte del tiempo de trabajo se destina al pago del transporte al trabajo, que por lo demás resulta cada vez más tragón de tiempo a causa de los embotellamientos del tránsito en las babilonias modernas.
No se necesita ser sabio en economía. Basta el sentido común para suponer que el progreso tecnológico, al multiplicar la productividad, disminuye el tiempo de trabajo. El sentido común no ha previsto, sin embargo, el pánico al tiempo libre, ni las trampas del consumo, ni el poder manipulador de la publicidad. En las ciudades del Japón se trabaja 47 horas semanales desde hace veinte años. Mientras tanto, en Europa, el tiempo de trabajo se ha reducido, pero muy lentamente, a un ritmo que nada tiene que ver con el acelerado desarrollo de la productividad. En las fábricas automatizadas hay diez obreros donde antes había mil; pero el progreso tecnológico genera desocupación en vez de ampliar los espacios de libertad. La libertad de perder el tiempo: la sociedad de consumo no autoriza semejante desperdicio. Hasta las vacaciones, organizadas por las grandes empresas que industrializan el turismo de masas, se han convertido en una ocupación agotadora. Matar el tiempo: los balnearios modernos reproducen el vértigo de la vida cotidiana en los hormigueros urbanos.
Según dicen los antropólogos, nuestros ancestros del Paleolítico no trabajaban más de veinte horas por semana. Según dicen los diarios, nuestros contemporáneos de Suiza votaron, a fines de 1988, un plebiscito que proponía reducir la jornada de trabajo a cuarenta horas semanales: reducir la jornada, sin reducir los salarios. Y los suizos votaron en contra.
Las hormigas se comunican tocándose las antenas. Las antenas de la televisión comunican con los centros de poder del mundo contemporáneo. La pantalla chica nos ofrece el afán de propiedad, el frenesí del consumo, la excitación de la competencia y la ansiedad del éxito, como Colón ofrecía chucherías a los indios. Exitosas mercancías. La publicidad no nos cuenta, en cambio, que los Estados Unidos consumen actualmente, según la Organización Mundial de la Salud, casi la mitad del total de drogas tranquilizantes que se venden en el planeta. En los últimos veinte años, la jornada de trabajo aumentó en los Estados Unidos. En ese período, se duplicó la cantidad de enfermos de stress.
La ciudad como cámara de gas
Un campesino vale menos que una vaca y más que una gallina, me informan en Caaguazú, en el Paraguay. Y en el nordeste del Brasil: Quien planta no tiene tierra, quien tiene tierra no planta.
Nuestros campos se vacían, las ciudades latinoamericanas se hacen infiernos grandes como países. La ciudad de México crece a un ritmo de medio millón de personas y treinta kilómetros cuadrados por año: ya tiene cinco veces más habitantes que toda Noruega. De aquí a poco, al fin del siglo, la capital de México y la ciudad brasileña de San Pablo serán las ciudades mayores del mundo.
Las ciudades del Sur del planeta son como las grandes ciudades del Norte, pero vistas en un espejo deformante. La modernización copiona multiplica los defectos del modelo. Las capitales latinoamericanas, estrepitosas, saturadas de humo, no tienen carriles para bicicletas ni filtros para gases tóxicos. El aire limpio y el silencio son artículos tan raros y tan caros que ya ni los ricos más ricos pueden comprarlos.
En el Brasil, la Volkswagen y la Ford fabrican automóviles sin filtros para vender en el Brasil y en los demás países del Tercer Mundo. En cambio, esas mismas filiales brasileñas de Volkswagen y Ford producen automóviles con filtros (convertidores catalíticos) para vender en el Primer Mundo. La Argentina produce gasolina sin plomo para la exportación. Para el mercado interno, en cambio, produce gasolina venenosa. En toda América Latina, los automóviles tienen la libertad de vomitar plomo por los caños de escape. Desde el punto de vista de los automóviles, el plomo eleva el octanaje y aumenta la tasa de ganancia. Desde el punto de vista de las personas, el plomo daña el cerebro y el sistema nervioso. Los automóviles, dueños de las ciudades, no escuchan a los intrusos.
Año 2000, recuerdos del futuro: gente con máscaras de oxígeno, pájaros que tosen en vez de cantar, árboles que se niegan a crecer. Actualmente, en la ciudad de México se ven carteles que dicen: Se ruega no molestar los maros y Favor de no azotar la puerta. Todavía no hay carteles que digan: Se recomienda no respirar. ¿Cuánto demorarán en aparecer esas advertencias a la salud pública? Los automóviles y las fábricas regalan a la atmósfera, cada día, once mil toneladas de gases y humos enemigos. Hay una niebla de mugre en el aire, ya los niños nacen con plomo en la sangre y en más de una ocasión han llovido pájaros muertos sobre la ciudad que era, en tiempos, no tan lejanos, la región más transparente del aire. Ahora el cóctel de monóxido de carbono, bióxido de azufre y óxido de nitrógeno llega a ser tres veces superior al máximo tolerable para los seres humanos. ¿Cuál será el máximo tolerable para los seres urbanos?
Cinco millones de automóviles: la ciudad de San Pablo ha sido definida como un enfermo en vísperas del infarto. Una nube de gases la enmascara. Sólo los domingos se puede ver, desde las afueras, a la ciudad más desarrollada del Brasil. En las avenidas del centro, los carteles luminosos advierten cada día a la población:
Calidad del aire: ruin.
Según las estaciones medidoras, el aire estuvo sucio o muy sucio durante 323 días del año 1986.
En junio de 1989, Santiago de Chile disputó con las ciudades de México y San Pablo, en unos días sin
lluvia ni viento, el campeonato mundial de contaminación. El cerro San Cristóbal, en pleno centro de Santiago, no se veía, oculto tras una máscara de smog. El naciente gobierno democrático de Chile impuso algunas mínimas medidas contra las ochocientas toneladas de gases que cada día se incorporan al aire de la ciudad. Entonces los automóviles y las fábricas pusieron el grito en el cielo: esas limitaciones violaban la libertad de empresa y lastimaban el derecho de propiedad. La libertad del dinero, que desprecia la libertad de los demás, había sido ilimitada durante la dictadura del general Pinochet, y había hecho una valiosa contribución al envenenamiento general. El derecho de contaminar es un incentivo fundamental para la inversión extranjera, casi tan importante como el derecho de pagar salarios enanos. Y al fin y al cabo, el general Pinochet nunca había negado a los chilenos el derecho de respirar mierda.
La ciudad como cárcel
La sociedad de consumo, que consume gente, obliga a la gente a consumir, mientras la televisión imparte cursos de violencia a letrados y analfabetos. Los que nada tienen pueden vivir muy lejos de los que tienen todo, pero cada día los espían por la pantalla chica. La televisión exhibe el obsceno derroche de la fiesta del consumo y a la vez enseña el arte de abrirse paso a tiros.
La realidad imita a la tele, la violencia callejera es la continuación de la televisión por otros medios. Los niños de la calle practican la iniciativa privada en el delito, que es el único campo donde pueden desarro
liarla. Sus derechos humanos se reducen a robar y a morir. Los cachorros de tigre, abandonados a su suerte, salen de cacería. En cualquier esquina pegan el zarpazo y huyen. La vida acaba temprano, consumida por el pegamento y otras drogas buenas para engañar el hambre y el frío y la soledad; o acaba la vida cuando alguna bala la corta en seco.
Caminar por las calles de las grandes ciudades latinoamericanas, se está convirtiendo en una actividad de alto riesgo. Quedarse en casa, también. La ciudad como cárcel: quien no está preso de la necesidad está preso del miedo. Quien tiene algo, por poco qué sea, vive bajo estado de amenaza, condenado al pánico del próximo asalto. Quien tiene mucho, vive encerrado en las fortalezas de la seguridad. Los grandes edificios y conjuntos residenciales son castillos feudales de la era electrónica. Les falta el foso de los cocodrilos es verdad, y también les falta la majestuosa belleza de los castillos de la Edad Media, pero tienen grandes rejas levadizas, altas murallas, torres de vigía y guardias armados.
El Estado, que ya no es paternalista sino policial, no practica la caridad. Pertenecen a la antigüedad los tiempos aquellos de la retórica sobre la domesticación de los descarriados a través de las virtudes del estudio y del trabajo. En la época de la economía de mercado, las crías humanas sobrantes se eliminan por hambre o tiro. Los niños de la calle, hijos de la mano de obra marginal, no son ni pueden ser útiles a la sociedad. La educación pertenece a quienes pueden pagarla; la represión se ejerce contra quienes no pueden comprarla.
Según el New York Times, entre enero y octubre de 1990, la policía asesinó más de cuarenta niños en las calles de la ciudad de Guatemala. Los cadáveres de los niños, niños mendigos, niños ladrones, niños hurgadores de basura, aparecieron sin lenguas, sin ojos, sin orejas, tirados en los basurales. Según Amnesty International, durante 1989 fueron ejecutados 457 niños y adolescentes en las ciudades brasileñas de Río de Janeiro, San Pablo y Recife. Esos crímenes, cometidos por los Escuadrones de la Muerte y otras fuerzas del orden parapolicial, no han ocurrido en las áreas rurales atrasadas, sino en las más importantes ciudades del Brasil: no han ocurrido donde el capitalismo falta, sino donde sobra. La injusticia social y el desprecio por la vida crecen con el crecimiento de la economía.
En países donde no hay pena de muerte, se aplica cotidianamente la pena de muerte en defensa del derecho de propiedad. Y los fabricantes de opinión suelen hacer la apología del crimen. A mediados de 1990, en la ciudad de Buenos Aires, un ingeniero mató a balazos a dos jóvenes ladrones que huían con el pasacasetes de su automóvil. Bernardo Neustadt, el periodista argentino más influyente, comentó en la televisión: Yo hubiera hecho lo mismo. En las elecciones brasileñas de 1986, Afanásio Jazadji ganó un puesto de diputado en el estado de San Pablo. Él fue uno de los diputados más votados en toda la historia de ese estado. Jazadji había conquistado su inmensa popularidad desde los micrófonos de la radio. Su programa defendía a gritos a los Escuadrones de la Muerte y predicaba la tortura y el exterminio de los delincuentes.
En la civilización del capitalismo salvaje, el derecho de propiedad es más importante que el derecho a la vida. La gente vale menos que las cosas. Resulta revelador, en este sentido, el caso de las leyes de impunidad. Las leyes que absolvieron al terrorismo de Estado ejercido por las dictaduras militares, en los tres países del Sur, perdonaron el crimen y la tortura, pero no perdonaron los delitos contra la propiedad (Chile: decreto-ley 2191, en 1978; Uruguay: Ley 15848, en 1986; Argentina: Ley 23521, en 1987).
El «costo social» del Progreso
Febrero de 1989, Caracas. Sube a las nubes, de golpe, el precio del boleto, se multiplica por tres el precio del pan y estalla la furia popular: en las calles quedan tendidos trescientos muertos, o quinientos, o quién sabe.
Febrero de 1991, Lima. La peste del cólera ataca las costas de Perú, se ensaña sobre el puerto de Chimbote y los suburbios miserables de la ciudad de Lima y mata a cien en pocos días. En los hospitales no hay suero ni sal. El ajuste económico del gobierno ha desmantelado lo poco que quedaba de la salud pública y ha duplicado, en un santiamén, la cantidad de peruanos en estado de pobreza crítica, que ganan por debajo del salario mínimo. El salario mínimo es de 45 dólares por mes.
Las guerras de ahora, guerras electrónicas, ocurren en pantallas de videogame. Las víctimas no se oyen ni se ven. La economía de laboratorio tampoco escucha ni ve a los hambrientos, ni a la tierra arrasada. Las armas de control remoto matan sin remordimientos. La tecnocracia internacional, que impone al Tercer Mundo sus programas de desarrollo y sus planes de ajuste, también asesina desde afuera y desde lejos.
Hace ya más de un cuarto de siglo que América Latina viene desmantelando los débiles diques opuestos a la prepotencia del dinero. Los banqueros acreedores han bombardeado esas defensas, con las certeras armas de la extorsión, y los militares o políticos gobernantes han ayudado a derrumbarlas, dinamitándolas por dentro. Así van cayendo, una tras otra, las barreras de protección alzadas, en otros tiempos, desde el Estado. Y ahora el Estado está vendiendo las empresas públicas nacionales a cambio de nada, o peor que nada, porque el que vende, paga. Nuestros países entregan las llaves y todo lo demás a los monopolios internacionales, ahora llamados factores de formación de precios, y se convierten en mercados libres. La tecnocracia internacional, que nos enseña a dar inyecciones en patas de palo, dice que el mercado libre es el talismán de la riqueza. ¿Por qué será que los países ricos, que lo predican, no lo practican? El mercado libre, humilladero de los débiles, es el más exitoso producto de exportación de los fuertes. Se fabrica para consumo de los países pobres. Ningún país rico lo ha usado jamás.
Talismán de la riqueza, ¿para cuántos? Datos oficiales de Uruguay y Costa Rica, los países donde menos ardían, antes, las contradicciones sociales: ahora uno de cada seis uruguayos vive en extrema pobreza, y son pobres dos de cada cinco familias costarricenses.
El dudoso matrimonio de la oferta y la demanda, en un mercado libre que sirve al despotismo de los poderosos, castiga a los pobres y genera una economía de especulación. Se desalienta la producción, se desprestigia el trabajo, se diviniza el consumo. Se contemplan las pizarras de las casas de cambio como si fueran pantallas de cine, se habla del dólar como si fuera persona:
—¿Y cómo está el dolar?
La tragedia se repite como farsa. Desde los tiempos de Cristóbal Colón, América Latina ha sufrido
como tragedia propia el desarrollo capitalista ajeno. Ahora lo repite como farsa. Es la caricatura del desarrollo: un enano que simula ser niño.
La tecnocracia ve números y no ve personas, pero sólo ve los números que le conviene mirar. Al cabo de este largo cuarto de siglo, se celebran algunos éxitos de la modernización. El milagro boliviano, pongamos por caso, cumplido por obra y gracia de los capitales del narcotráfico:: el ciclo del estaño se acabó, y con la caída del estaño se vinieron abajo los centros mineros y los sindicatos obreros mas peleones de Bolivia: ahora el pueblo de Llallagua, que no tiene agua potable, cuenta con una antena parabólica de televisión en lo alto del cerro del Calvario. O el milagro chileno, debido a la varita mágica del general Pinochet, exitoso producto que se está vendiendo, en pócimas, en los países del Este. Pero, ¿cuál es el precio del milagro chileno? ¿Y quiénes son los chilenos que lo han pagado y lo pagan? ¿Quiénes serán los polacos y los checos y los húngaros que lo pagarán? En Chile, las estadísticas oficiales proclaman la multiplicación de los panes y a la vez confiesan la multiplicación de los hambrientos. Canta victoria el gallo. Este cacareo es sospechoso. ¿No se le habrá subido el fracaso a la cabeza? En 1970, había un 20 por ciento de chilenos pobres. Ahora hay un 45 por ciento.
Las cifras confiesan, pero no se arrepienten. Al fin y al cabo, la dignidad humana depende del cálculo de costos y beneficios, y el sacrificio del pobrería no es más que el costo social del Progreso.
¿Cuál sería el valor de ese costo social, si pudiera medirse? A fines de 1990, la revista Stern hizo una cuidadosa estimación de los daños producidos por el desarrollo en la Alemania actual. La revista evaluó, en términos económicos, los perjuicios humanos y materiales derivados de los accidentes de autos, los congestionamientos del tránsito, la contaminación del aire, del agua y de los alimentos, el deterioro de los espacios verdes y otros factores, y llegó a la conclusión de que el valor de los daños equivale a la cuarta parte de todo el producto nacional de la economía alemana. La multiplicación de la miseria no figuraba, obviamente, entre esos daños, porque hace ya unos cuantos siglos que Europa alimenta su riqueza con la pobreza ajena, pero sería interesante saber hasta dónde podría llegar una evaluación semejante, si se aplicara a las catástrofes de la modernización en América Latina. Y hay que tener en cuenta que en Alemania el Estado controla y limita, hasta cierto punto, los efectos nocivos del sistema sobre las personas y el medio ambiente. ¿Cuál sería la evaluación del daño en países como los nuestros, que se han creído el cuento del mercado libre y dejan que el dinero se mueva como tigre suelto? ¿El daño que nos hace, y nos hará, un sistema que nos aturde de necesidades artificiales para que olvidemos nuestras necesidades reales? ¿Hasta dónde podría medirse? ¿Pueden medirse las mutilaciones del alma humana? ¿La multiplicación de la violencia, el envilecimiento de la vida cotidiana?
El Oeste vive la euforia del triunfo. Tras el derrumbamiento del Este, la coartada está servida: en el Este, era peor. ¿Era peor? Más bien, pienso, habría que preguntarse si era esencialmente diferente. Al Oeste: el sacrificio de la justicia, en nombre de la libertad, en los altares de la diosa Productividad. Al Este: el sacrificio de la libertad, en nombre de la justicia, en los altares de la diosa Productividad.
Al Sur, estamos todavía a tiempo de preguntarnos si esa diosa merece nuestras vidas.
Queda a criterio personal la respuesta.
Tan personal como si nos interesa o no la misma.
Impuestos al CO2, entre muchos más relacionados al mismo o sus causantes (?).
Si pensamos apenas sobre consecuencias de los tratados y los manejos a respecto, nos damos cuenta que la preparación la hizo “alguien” o “algunos” seguramente.
Eligieron a Al Gore para el trabajo, de última “supuestamente” había sido derrotado por Bush en Florida en forma sospechosa, aunque sin dudas arreglada de antemano.
Era el perfecto símbolo de la oposición. Le pega duro en su film a la política americana de energía. Vean la película “Una verdad incómoda” (no se la crean please!) recibe premios, se transforma en el símbolo de la lucha por el planeta. LLegó el mesías de los sueños y religión de Greenpeace. Otros iguales que no puedo entender como hacen para tener esos barcos y toda la infraestructura que poseen.
Resumiendo, se forma un mecanismo global de contención de CO2.
“Otros” científicos dicen que es un proceso normal de la naturaleza, que en la edad media había más CO2 que ahora y que la actividad solar es lo que provoca esto. Hay documentales disponibles que ya cité en el blog y que pueden encontrar fácilmente en Youtube. Solo busquen “calentamiento global mentira” y alcanza o vayan a este post del blog.
La pregunta es porqué inventarían una cosa así, verdad?
Vean este punto de vista.
El desarrollo actual de los países del tercer mundo depende directamente de las emisiones de CO2.
No hay otra alternativa dado que los que hoy lo condenan fueron los que crecieron y nos venden esa energía como “casi” única.
Hay otro tipo de enregía? Seguro que hay, solo que no está a nuestra disposición, por lo menos para un desarrollo sustentable como país de tercer mundo. Lo mismo Africa que Latino America.
Por un lado nos dominan con el petróleo. Lo imponen como única fuente de desarrollo a gran escala. Por otro lo condenan, así nos agarran de “los dos”…
Este movimiento Global warming, creo que solo tiene en mente el veto al desarrollo de los países pobres, emergentes, o todos excepto las grandes poencias. Una forma más de dominio, como siempre a través de una mentira “linda”.
Impuestos al CO2, ya llos aprueban y con ellos el veto al desarrollo de muchos países.
Todo planeado?
Lo que expreso está avalado por documentos de científicos independientes que todavía pueden buscar en Internet.
Todo pasa por si les interesa o no.
Hasta la vista BBS!
Mas allá del parecido con el nombre de la enfermedad, esta palabra es el título de una obra brillante, de un genio que ve más allá de lo que los demás pueden ver.
Grande García! Gracias
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Puedo ver y decir,
Puedo ver y decir y sentir:
Algo ha cambiado.
Para mí no es extraño.
Yo no voy a correr,
Yo no voy a correr ni a escapar
De mi destino,
Yo pienso en peligro.
Si fue hecho para mí
Lo tengo que saber.
Pero es muy difícil ver,
Si algo controla mi ser.
En el fondo de mí,
En el fondo de mí veo temor
Y veo sospechas
Con mi fascinación nueva.
Yo no sé bien qué es,
Yo no sé bien que es,
Vos dirás: “son intuiciones”
Verdaderas alertas.
Debo confiar en mí,
Lo tengo que saber.
Pero es muy difícil ver,
Si algo controla mi ser.
Puedo ver y decir y sentir
Mi mente dormir
Bajo tu influencia.
Una parte de mi,
Una parte de mi dice: stop!,
Fuiste muy lejos,
No puedo contenerlo.
Trato de resistir,
Trato de resistir
Y al final no es un problema.
Que placer esta pena.
Si yo fuera otro ser
No lo podría entender.
Pero es tan difícil ver,
Si algo controla mi ser.
Puedo ver y sentir y decir y mentir:
Mi vida dormir,
Sera por tu influencia.
Esta extraña influencia!
Que es lo que pasa? No se sabe bien.
Existe realmente este tipo de virus?
Es gripe normal?
Es un test de reacción de pánico social?
Son intuiciones, verdaderas alertas?
Es real? Ya comenzó entonces lo que profetizan las piedras guía de Georgia?
Alguien se preocupó por saber que dice ese monumento?
Hoy escuchaba la conferencia de la ministra de salud.
Me dió pena la ignorancia de los periodistas que preguntaron bobadas, cuando la ministra Muñoz justa y casualmente llega de México.
Claro, son especialistas en entrevistar a Wanda Nara.
No esperan respuestas del entrevistado. Esperan buenas caras. Complacencia.
Si, que entrevisten a Wanda. Que le pregunten sobre su época de virgencita de Pete-costal.
Un amigo, en DF me dice que en realidad todo parece un montaje.
Hay 13000 casos de tuberculosis, muchos mortales. No hablemos de cifras de malaria, el dengue acá en la vuelta y la fiebre amarilla que está ahí nomás.
Todo es entorno a la gripe porcina, swine flu, el tamiflu, roche en la bolsa y orden a través del caos.
Orden a través del pánico
Nuevo Orden Mundial… frase que repiten demasiado ya.
B.O. !!! A hacer los mandados!
Hasta la vista BBS!
Por cualquier cosa, confíen en lo siguiente!!
28% de clorito de sodio en solución de agua destilada.
12 gotas de esto en 3 cc de jugo de limón. Esperar 3 minutos al menos.
Diluir eso en agua, y tragarlo.
Gracias Jim Humble!
Lo que no quede claro, lo buscan en Google, eso es suficiente.
Que está pasando. No lo sé. Solo consigo parte de la información que debería estar a mi alcance.
Me preocupa, trato de analizar que no sea paranoia y termino dándome cuenta que en realidad no pasa por sentirme perseguido.
Que las personas que me rodean se plantean, unas más y otras menos, cosas parecidas.
También hay muchos que prefieren no ver. Y es un derecho inalienable.
Nadie obliga a tomar la pastilla azul o la roja. Es todo una opción personal.
Pero demasiadas coincidencias. Los chemtrails o trazos químicos, esas nubes que tienen forma de líneas rectas o de X o de cruces en el cielo, lógicamente no son naturales.
Creo que los blogs en Internet ejercieron mucha presión para que se diga aunque sea algo, respecto a lo que son.
La respuesta llegó al fin de USA argumentando protección de los rayos UV que provocan el calentamiento global.
Para empezar, parece que no hay calentamiento global según miles de científicos independientes, y de los millones que hay en el mundo solo 2500 lo avalan, algunos de dudosa reputación científica.
Pero si así fuera, porqué no lo dijeron antes? Nos lo habríamos creído seguramente. Siempre nos creemos todo, o casi siempre. No siempre siempre.
Algunos hablan de proyectos secretos. Manejo climático por ejemplo.
Se imaginan a alguien con el poder de doblegar a un gobierno electo democráticamente diciendo… “te mando una sequía de 7 años” y después “lluvias torrenciales de 7 años”
Parecen las plagas de Egipto!
Bien, no queda ahí. Eso ya es perdida de negociación en todos los aspectos, y seguramnete la forma más sencilla de la vieja escuela de derrocar gobiernos, versión siglo XXI.
Pero hay más perdida de soberanís dejando que transnacionales como Monsanto, por ejemplo, siembren transgénicos en nuestros suelos.
Funciiona así.
Te venden la semilla, y ellos tienen patente de la misma.
NO se puede volver a sembrar, sin pagar otra vez. Además de paso te dicen que pesticida usar. Glifosato por ejemplo aquí en la vuelta, cuando este producto está priohibido en los países desarrollados o sea los que mandan un poco o un mucho en el mundo.
No termina con eso. Si sembras otra vez, “tu cosecha” les pertenece.
Y además polinizan (infectando abejas de paso) los campos de cultivos orgánicos transformándolos en transgénicos y adquiriendo el derecho de la producción que tengas, aún si jamás plantaste una semilla transgénica.
Claro, aparte de esto, ya se preocuparon de que las semillas orgánica “NO estén a la venta en el mercado”. No hay más.
Todas vienen desde Argentina y las empresas allí instaladas no son argentinas, son de Monsanto y Syngenta entre otras menos poderosas.
Que pasa si mañana la semilla que de esta forma (relean por favor) cuestan una fortuna.
Los alimentos se van a las nubes, llega el hambre, las revueltas sociales, y que se yo que más.
Pero siempre se puede ceder soberanía y libertades a cambio.
Dicho de otra manera, nos conquistan de nuevo. Somos una colonia más y el suelo, esa tierra que la naturaleza y los que lucharon por defender nuestra independencia, ya no son nuestros.
Para qué, si no hay semillas?
Me parece muy grave, y solamente el Intendente Amaral, de Treinta y Tres tomó cartas en el asunto y dijo NO a los transgénicos, creando además una división especial para el control. Hay que admirar lo que hizo. Se necesitan muchos huevos y no quiero pensar las presiones a las que estuvo sujeto, o aún lo está.
Será por eso que sucede esto en Treinta y tres?
Hay una relación chemtrails y sequía?
Alguien nota nubes en forma de línea recta en la región?
Sería interesante saber, e incluso ir a fotografiar.
Treinta y Tres es un ejemplo de soberanía y dignidad, y debemos apoyo incondicional.
También podrían otros intendentes dejar de ver el pan para hoy y el hambre del mañana.
Claro, además esta el susto de la crisis.
No se ve, pero como todos hablan, debe ser así. Repetimos, aún boludeces sin sentido.
Cuando hay crisis nos vamos a dar cuenta, ya sabemos lo que es, y nadie está tan preparado y entrenado como un uruguayo.
Cuando no vivimos en crisis????
Somos expertos en el tema.
Confusión, líneas sueltas que tiro en el post, y que esperan ayuda de alguno que sepa (alguien debe tener el poder de saber realmente) y que nos explique.
Para finalizar, los nuevos virus raros y bacterias resistentes.
Muertes incomprensibles.
Todo esto no estará debilitando nuestro sistema inmunológico severamente?
No estremos perdiendo resistencia?
En un país libre de humo de tabaco se multiplican las afecciones pulmonares. El tabaco no nos protegería con esa mucosidad pulmonar de muchas cosas?
Lo que comemos es lo que debemos comer, aún comiendo sano, o el transgénico (para aclarar casi toda la fruta y verdura a la venta) no nos brinda protección inmunológica?
Es casualidad o está planeado?
Y los chemtrails nos envenenan?
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Conclusión:
Vuando me dicen mucho que
1.- Fumar es perjudicial para la salud
(ya no cancer y demás… parece que te trae impotencia sexual también según la publicidad)
2.- Los trangénicos serán la salvación de la humanidad erradicando el hambre. (se refieren al hambre de guita y poder de los dueños de las corporaciones?)
3.- Los Chemtrails están para protegernos.
No… si fuera así te lo hubieran publicitado antes, no?
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No me creo nada de esto.
Así que voy a seguir fumando, así mis pulmones se protegen de porquerías químicas con la mucosa que provoca el tabaco. (No se si hace bien, pero hay cosas que hacen peor)
No voy a comer transgénicos nunca más. Hay una cadena de supermercados en Montevideo (Multi Ahorro) que tiene la opción orgánica.
Quiero estar inmunológiamente fuerte.
Creo que es lo único que puedo hacer.
Hasta la vista BBS!
